domingo, 31 de marzo de 2013

¿Y qué hay de polis versus urbe?




Por: Yohana Murillo





Dando una mirada curiosa en el  ir y venir a través del recorrido encontré estas imágenes que me llamaron la atención pues son del diario vivir, donde me surge la inquietud ¿Y QUÉ HAY DE POLIS VERSUS URBE? Si desde hace mucho tiempo  todos sabemos que el coche se usa para llevar a los  bebes en una forma más cómoda y de protección  y en la ciudad que se gana el premio de la más innovadora el coche se utiliza para las ventas ambulantes para proteger las bebidas, los alimentos; donde llevan: termos, vasos, jugos, tinto, gaseosas, confites y hasta almuerzos.
Y me pregunto, ¿Será  innovación?  ¿Será necesidad?   ¿Será rebusque?  ¿Dónde está la ciudad imaginada? ¿Cuál es la ciudad real?  ¿Qué  muestran los distintos usos? ¿Por qué se utilizan en dichos espacios? Sin embargo son muchas preguntas y a la vez muchas respuestas así que se las dejo, para que juzguen ustedes, porque yo sigo caminando por la ciudad.

                                                                       
                                                                                           

lunes, 25 de marzo de 2013

Cartografía por fragmentos



Por: Silvia Congote


Después de pensar la idea de montar un negocio informal en la Plaza San Antonio y teniendo en cuenta las condiciones del lugar, los hermanos González decidieron aprovechar el asfalto, la visita habitual de familias y la extensión plana -y con pocos obstáculos- del terreno, e instalaron cuatro medios de transporte que invitaran a los niños a montarse y dar una vuelta o más alrededor de la plaza. Desde que empezaron el negocio, Horacio le hizo saber a su hermano Jorge que no estaba de acuerdo con incluir un caballo en la atracción. Las jornadas laborales han pasado, y a pesar de que los hechos demuestran que el caballo genera pocos ingresos, y que por lo tanto Horacio tenía razón, Jorge se encarga todos los días de cargar y arrastrar hasta su lugar de trabajo a Palomo -el pequeño caballo café con cabeza blanca-, donde espera junto a sus compañeros de cuatro llantas que algún niño lo saque a cabalgar por la sabana.




El zapato para cada ocasión

¿Cuál zapato me gusta más? ¿Por qué debo usar siempre dos zapatos iguales o parecidos? ¿Por qué no puedo combinarlos? Esta mañana decidí hacerlo. Me levanté, hice los destinos en la casa y mientras me organizaba para venir al centro, decidí usar un zapato de cada par de mis zapatos destapados adelante. Hasta el momento nadie lo ha notado, y si lo han notado no lo han comentado conmigo. Quizá piensan que se trata de una nueva moda, quizá asumen que soy una señora que no ve bien o que sólo cuenta con estos dos zapatos en buen estado. El recorrido que he hecho hoy ha sido corto, de mi casa a la estación Hospital y de la estación San Antonio hasta aquí, sin embargo, ya puedo decidir con cuál zapato me siento mejor para hacer vueltas en el centro: el negro con la cinta naranja. La sandalia plateada es muy bonita, pero me hace caminar despacio y me cansa más, creo que la voy a dejar para ir a misa los domingos, claro está, acompañada por su par, la otra sandalia plateada.




Parque de Berrío


Según Foucault, estamos en una época en la que el espacio se nos da en la forma de relaciones de emplazamiento, emplazamiento que a su vez se define por las relaciones de vecindad. Aunque todavía hay oposiciones que admitimos como dadas: el espacio público y el espacio privado, el espacio de ocio y el espacio de trabajo, entre otras, nuestros espacios y la manera de habitarlos implican no sólo que estemos unos al lado, encima o debajo de otros, sino además que nuestras actividades no se pueden delimitar de forma clara. Descanso, trabajo, me siento, aparento, viajo, espero, me culturizo, hablo por teléfono o camino, todo puede ser simultáneo. En la perspectiva de Foucault, el Parque de Berrío y sus espacios adyacentes, incluido el Palacio de Cultura “Rafael Uribe Uribe”, se constituyen en heterotopías, en contraemplazamientos donde otros emplazamientos de la sociedad están representados, invertidos o refutados. De ahí que estos espacios, que en su historia -pasada, actual y futura- han sido y son pensados y habitados como centros políticos, económicos, eclesiásticos y culturales, puedan hoy ser concebidos y vividos como el escenario donde una mujer se sienta a leer el periódico o a hacer un crucigrama, mientras exhibe ollas y productos que las hacen brillar, sin necesidad de especificar si se dedica a lustrarlas, a venderlas o a vender los productos que les dan brillo. Escenarios donde un hombre camina junto a un perro a las afueras de la antigua gobernación, paseándolo o llevándolo a un nuevo destino desconocido, o donde habitantes esporádicos del lugar buscan desperdicios útiles o se sientan a disfrutar o a esperar que pasen los efectos del alcohol, al lado de una obra artística que les muestra cómo sus antepasados adornaban su desnudez. 


Desplazamiento forzado


  

Por: Silvia Congote
Estación Medellín del antiguo Ferrocarril de Antioquia

A finales del siglo XIX, cuando Pedro Justo Berrío promovió obras de infraestructura como el Ferrocarril de Antioquia, se tenía como objetivo proyectar la ciudad como un centro político, económico y cultural. Por la misma época, Epifanio Mejía escribía “El canto del antioqueño”, que después se convertiría en el himno de Antioquia, poema donde proclamaba su afecto por el hacha que los mayores le dejaron por herencia, debido a que “sus golpes libres acentos resuenan”. ¿El hacha a la que se refería Epifanio es la misma que se encuentra hoy en la imagen de una de las paredes de la estación Medellín del antiguo Ferrocarril, hacha cuyo golpe resuena libre paso para el vagón y desplazamiento forzado para el árbol? ¿Ese árbol es el mismo que se encuentra sembrado hoy, a pocos pasos de la imagen y al frente del vagón al que alguna vez le pudo haber dado paso? En la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras de 2011, se enuncia la estabilización como uno de los principios de la restitución. Según este principio, “las víctimas del desplazamiento forzado y del abandono forzado, tienen derecho a un retorno o reubicación voluntaria en condiciones de sostenibilidad, seguridad y dignidad”. ¿Aquellos que en los últimos años han sufrido desplazamiento y abandono forzados de sus tierras, tendrán el mismo futuro del árbol?

Un pez enorme



Por: Silvia Congote


                       


Centro Administrativo Departamental José María Córdova
Monumento a la Raza, Rodrigo Arenas Betancourt

Un pez enorme, tan enorme como una ballena, se ha instalado entre los edificios administrativos del centro político de la ciudad de Medellín. Los funcionarios públicos se han refugiado en sus oficinas, esperan que el pez no se los trague y siga su camino. Algunos personajes heroicos, que ya habían sido protagonistas de hechos memorables de la historia del departamento y de la ciudad, se han lanzado sobre el animal, buscan la manera de alejarlo del lugar. No se augura un final feliz para su hazaña, los movimientos de la cola y las aletas del gigante espécimen hicieron que muchos valientes antepasados fueran arrojados o terminaran aplastados por el cuerpo del animal. Sólo algunos se han salvado, algunos pocos compañeros de Jonás que el pez parece haber tragado y vomitado. Sin embargo, se debe anotar que no se sabe con precisión si son funcionarios o valientes personajes de nuestra historia, podrían ser unos u otros. ¡Cuántos sacrificios y promesas habrán hecho para salvarse y seguir con vida en este centro administrativo departamental!


viernes, 22 de marzo de 2013

Entre el Ferrocarril y Versalles: Breve bitácora de un paseo por la ciudad.



Por Farid Villegas Bohórquez

¡Oh, mi amada Medellín, ciudad que amo, en la que he sufrido, en la que tanto muero! Mi pensamiento se hizo trágico entre tus altas montañas, en la penumbra casta de tus parques, en tu loco afán de dinero. Pero amo tus cielos claros y azules, como ojos de gringa.
Medellín a Solas contigo. Gonzalo Arango. 

Cuando escucho la palabra bitácora vienen a mi memoria reminiscencias de puertos, radas y rutas adentradas en la mar de un tiempo de infancia.  Recuerdos de José –el abuelo eterno, el marinero, el timonel- con acantilados y tierras que llevaron mi imaginación a la nación de los piratas en que se transformó para ser lo que nunca alcanzó.   Sin embargo ese no es el caso de este relato.  Los ruidos que aquí se escuchan –esas continuidades en las ondas del tiempo- no emergen de los navíos mercantes que atracaron por las radas de Cartagena de Indias. Es, en la prolongación, el ulular grave de la sirena de algún un tren que se aproxima en recuerdo indeterminado.  Sí.  Sólo con ver la locomotora –incólume a los años en su eternidad de hierro- se puede hacer la parafernalia: una ciudad que se empina en los albores del Siglo XX, con los Nuevos cuyos poemas estriden bajo el tinglar de las calderas.  Medellín, despierta y crece en el fulgor de un sol plano hoy a las 8 horas del día 15 de marzo y es 2013.  Alguien –cuenta la postal- cortó de tajo la Estación y dio paso a la muestra.  




De las fisuras hacia occidente, la imaginación construye el mito.  “Era hermosa y de una arquitectura…” Las voces –que a su paso van y vuelven, que se rosan y se cruzan- dan paso a la realidad con fragmentos de historia, con deducciones lógicas o con imaginarios. “Allí estaba… El arquitecto se equivocó en la precisión del panton … Sí, eso los colores, la textura.  Perfecta escultura de gratitud al personaje”.  Mientras tanto; la estatua vertical y panorámica de Francisco Javier Cisneros, pone el índice señalando Occidente.  “Allí y allá… estaba y era como”; La voz académica de Paolo, dribla en los oídos.  Él sabe ir del volumen historiográfico al cuento en la costumbre.  Pero, esta ciudad no tiene otra posibilidad más que pretérito en la diáspora.  Pese a todo, no sucumbe; se puebla la perspectiva rectilínea de Carabobo y es en el sopor de las 9 de –en la mañana aún- un río humano variopinto y con urgencias. 




Las gentes van y vuelven, se cruzan, se detienen, se miran, repelen, se reúsan, se cansan se sientan, se paran y siguen, se engullen, se huyen y se tocan, bordeando a su paso; El Vásquez y el Carré.  1896.  “El arquitecto fue Carré”.  ¿Quién puede vaticinar que suerte de aventura lo trajo a estas estribaciones del sur de América, justo a las crestas de esta ciudad andina?  No lo creíamos. Al norte, siempre al norte y diagonal, ahí estaba prevaleciendo entre moho y la estrechez arquitectónica, el edificio legendario y estomacal. Ha perdido el nombre y la fachada, pero allí, dentro de esos compartimentos, nació Sal de Frutas Lúa.
  Vamos, surge una voz entre el bullicio. Si es verdad, la ciudad no está ahora para tolerar el tiempo, menos para hacer pausa rememorando estampas pintadas de sepia.  A lado y lado del estrecho pasadizo que sirve de avenida peatonal, almacenes y más almacenes.  Las fachadas de las que cuelgan mercancías y gentes que pregonan, no se ven, no existen mientras el ruido crece en el sopor de un bochorno a las 10.  Ese ruido deslizante se apropia y crea otras cotidianidades.  Otra cosa lo fue cuando en 1996 rodó por vez primera el Metro.  ¡Ah!  La cultura metro.  A sólo 10 metros de la Estación San Antonio, la gente es distintas.  Dentro y fuera, dos mundos en oposición.  Acá el ruido, allá dentro la sociedad discreta y un agente de policía que cruza la pasarela luciendo con donaire el uniforme mientras sujeta firme y resuelto su negro bastón de mando. Como ciudades en la coincidencia de tiempos duales y simultáneos la turba va.  Por arriba y por debajo; hasta que alguien, por curiosidad oprime el botón rojo, y el metro se detiene emitiendo un ruido largo como un flato.  La marcha continúa después de unos minutos.  La marcha nuestra por su puesto.  Sucede que ahora somos turistas y de todos los lugares la gente nos ve.   Somos la semblanza de una vez primera, tal vez, para algunos la primera vez que ponemos los ojos en el detalle para dar cuenta de la grieta.  Si, esa ruptura resiente de un pasado que fue apenas y un presente de urbs ambivalente. En el parque de San Antonio, caen nuestras miradas fracturadas sobre el pájaro de bronce.  Poco después del asombro es posible leer los nombres gravados en el frontispicio de la escultura: el golpe supera la palabra y esta se ha hecho sorda en la evocación del ser.  “Murieron aquel día …”.   Alguien pronunció un número y … Eso basta: entre la cifra y el nombre habita la palabra olvido.  Territorio/territorialidad, conflicto y el Medellín de los 90.  La tragedia va de la academia al expresionismo y al final la Ley de Víctimas.  Nada para reparar, los que reparan no están; duermen el sueño eterno de Morfeo en Campos de Paz.  Ahora apresuramos el paso.  El sol pica en la piel, la movilidad se obstruye, el grito en los altavoces, estridencias y más ruido pululan afirmando esto que llamamos vida, mientras vamos por los laberintos de esta metrópoli, hasta El Parque de Berrío.  Pero el Parque no está, en su lugar se levanta la Estación de su nombre y el reloj en el centro, indica las 11.  Como agua y aceite se mezclan el ruido con las guitarras.  Grupos de campesinos bailan al ritmo de carrascas y estribillos, en la parte plana y alta de la plataforma.  Es como si se hubieran traído los pueblos a reinventar su pasado aquí.  Más acá, donde se extingue lo que quedó de parque, está el gravado de la memoria precolombina, homenaje a los primeros habitantes del Valle.  Pero allí, el olor a excremento apesta; porque los paseantes han convertido el lugar en baño público.  A pocos pasos y cruzando por el pasaje de Flamingo –el flamante almacén que fía porque en vos confía- nos detenemos a mirar el mural de la raza antioqueña del maestro Pedro Nel Gómez.  La evocación es como para entender la paradoja de que aquello que la ciudad se traga, el arte lo pone la pared. Después –sólo unos minutos- sucede que la ciudad cambió de nombre: Botero. Al fondo de esta concurrida plaza está el museo antioqueño, que también le llaman Botero.  Todo allí es Botero.  La gorda y el gordo son Botero, las firmas en los bustos de bronce son Botero, La pintura en la pared del Nutibara, es un Botero, Botero ha donado las esculturas y de Botero es la bondad de tener un parque como este, aunque en los billetes con que se pagaron los impuestos para hacer este homenaje a Botero, jamás escribirán nuestros nombres. Por el sendero de Maracaibo, una estrecha calle, subimos –algo extenuados- hasta alcanzar el pasaje de Junín.  ¿Qué puede ser más legendario en Medellín que Junín?  Junín tiene verbo propio y es femenino: “juniniar”, que según la academia del parlache antioqueño significa “mirar vitrinas aunque no haya para con que comprar”.  Por este pasaje, la ciudad está tachonada delicadamente por venteros ambulantes que no deambulan sino que poseen permiso para permanecer a lado y lado de la verja con sus puestos de bisuterías. Hay centros comerciales y en el corazón –sobre la margen izquierda, sentido sur norte- el Club Unión, evocación de la burocracia del Siglo XIX.  Al frente los moritos del Astor y alguien cuenta que ese fue el lugar dilecto de las señoras ricas y sin que hacer, que en las tardes abúlicas iban a tomar te y tejer punto cadeneta punto los chismes de la ciudad.  El Bolívar al fondo en el Parque del mismo nombre que le pone fin al Pasaje de Junín, permaneció esperando y así continua, porque nosotros nos entramos a Versalles, el café argentino.  Allí, unos tomando cocacola y los otros –como yo- tinto, hicimos memoria de la caminata.  “muy buena… muy rico… no me había dado cuenta que el Coltejer…”.  En fin; tantas cosas suficientes para comprender, qué tan extraños somos en la ciudad donde vivimos.  Hubo besos, abrazos y premura …  Yo te llamo, tu me cuentas, pilas con las fotos … hasta luego.  Y, el mar de las urgencias nos tragó en un oleaje de ocupaciones, para abandonar en ese preciso instante, nuestro breve rol de paseantes.

***   ***   ***
                   

CAMINEMOS POR MI TIERRA

Por Diana Hernández


º

Es la frase que representa el monumento construido en honor a los caminantes que fueron
secuestrados y asesinados en cautiverio. Lo acompaña uno de los recordatorios en donde
se encuentran de frente el Dr. Guillermo y el Dr. Gilberto en el puente Cerca a Caicedo.
Representa, en plena plazuela de la Alpujarra, el deseo de libertad al que siempre le cortan
las alas pero por el que muchos siguen luchando.

“Cuando se pueda andar por las aldeas
Y los pueblos sin ángel de la guarda.
Cuando sean más claros los caminos
Y brillen más las vidas que las armas
Cuando la sombra que hacen las banderas
Sea una sombra honesta y no una charca.
Cuando en lugar de sangre por el campo
Corran caballos, flores sobre el agua.
Solo en aquella hora
Podrá el hombre decir que tiene patria.”
CCS.


El vendedor de periódico, personaje que habita cada rincón de esta ciudad, pero ¿quién se
ha detenido a leer lo que está pregonando? Si, son las ansias de libertad que se suspenden
en la Plazoleta de la Alpujarra, como queriendo escapar de esa mole de cemento en forma
de muralla, representando el corazón de la otrora Bella Villa.

LA VENDEDORA DE DULCES

Después de haber ayudado a
fundar este territorio, criando los
hombres y mujeres del futuro, el
rostro cansado de la Matrona
Antioqueña deambula por la
ciudad como tratando de recobrar
el Horizonte que en algún
momento
la
Urbe
frenética
comenzó a sepultar.

EN QUÉ VIAJÓ EL TIEMPO

Ahora que poso la mirada sobre todo aquello que permitió emerger la ciudad de hoy, me doy
cuenta como se agarra el tiempo a aquellos lugares que aunque llenos de heridas, hacen
recordar que por esos rieles fueron navegantes cientos de hombres y mujeres, que en esa
silla y bajo la mirada del árbol cómplice que atisba por encima de la estación, portaron las
llaves del progreso.

Cartografías de ciudad: “El Habitar”



Por: 
Sayra Ríos Pulgarín


Ciudad del habitar






Medellín es un centro donde la polis y la urbs combaten en una relación de dicotomías; sufren transformaciones en su interior y desde su exterior, el panóptico hace su parte. ¿Quién es el habitante que entre tejidos reconstruye el pasado sin memoria?...Con memorias ficticias o memorias obligadas, nacemos a la historia y en nosotros crece una pequeña forma de olvido que escarba en el fondo hasta enterrarse.


¿Qué es el monumento? ¿Quién lo habita? La intención del autor, el gobernante y más allá, el imaginario de una ciudad que lo observa, lo reflexiona y a veces, no lo ve. Capturar la memoria es un intento inútil y sin embargo, próximo a la humanidad.



Los museos de la calle. Aunque libres de paredes, siguen encerrados tras la vidriera que separa el acontecer del acontecido.



El ferrocarril de Antioquia. En otrora un canal para el comercio, el viaje, la comunicación… Hoy un elemento más que entre palimpsestos se aquieta en un museo. Después de indagar en los recuerdos de nuestros viejos, definitivamente, este ha sido uno de los emplazamientos más dolorosos.


El árbol del ferrocarril. Cuántas historias observaste: el tránsito hacia el progreso y de pronto, la caída. En ti habita la vida, el mito, los años con remembranzas perdidas, el paseo de los enamorados…la virginal pureza de lo natural y una batalla ganada al demoledor de paisajes urbanos.


Música en la calle. A ti te esperábamos entre la reverberación del agitado centro de nuestra ciudad. Ciudad que como buena capital musical, alberga las mixturas más extrañas y también las más bellas. Ellas  desde una perspectiva estética, son las que nos alientan para armonizar, sonorizar, cantar y danzar este simulacro de la vida. ¡Te celebro ciudad, entre sonidos y silencios!

La ciudad fábula
Halló el personaje llamado ciudad un trasfondo para su soledad: La amargura encapsulada y un museo de calle -pero museo al fin y al cabo-; allí también el entramado humano. Halló entonces su centro y la debilidad que la consumía. Siguió su camino para encontrar respuestas porque una ciudad se piensa a sí misma. No muy sustanciosa la búsqueda, decidió descansar a la sombra de un árbol; la paloma entonces se acercó, al verla gritó de espanto y decidió volverse un ratón.

Desde entonces, imitando al ratón, en cuatro patas camina la ciudad y supeditada a la tibieza del indiferente, pasa las noches en la penumbra de dos gordos pájaros. Pobre ciudad, no distingue la forma completa de la incompleta.

Se acercó un día el gato para intentar hacerse amigo de la ciudad. Gato con botas, egipcio, salvaje y doméstico; primero la observó y luego leyó en ella la siguiente premisa: “Soy la ciudad de cuatro patas, tal vez ave un día, hoy ratón”. Despreciando la misteriosa amistad, el gato desapareció sagazmente. La ciudad aún le espera.