viernes, 21 de junio de 2013

Olinda

Medio oculta, medio escondida...

Un trozo de Calvino me salió como premio en la envoltura de un chocolate con su nombre. ¡Has ganado un premio para visitar la ciudad de Olinda! ¿Dónde queda eso? Ah, Olinda en Brasil... debe ser chévere. Vi sin embargo que el tiquete vencía a la media noche y no quise perder tiempo. Hice mis maletas a toda prisa, pensando en un clima soleado y playas muy cerca. Sin embargo, al llegar al aeropuerto me hicieron pasar a una singular sala de espera. Otros turistas como yo, estaban sentados con sus maletas frente a una mesa que sostenía un costurero y una lupa. Algunos estaban concentrados mirando alfileres y me pregunté qué hacíamos en realidad allí. Algunos lucían como en trance y decidí no tomar ninguna de las bebidas que me ofrecieran. Una azafata sin embargo, muy amablemente me instó a tomar la lupa y me puso un pañito húmedo y caliente para frotar mis manos antes. ¿Qué parodia era esta? No quise contradecir y mucho menos armar un escándalo así que accedí a darle una mirada a uno de los alfileres con cabeza rosa. Los azules me parecían pretensión de sastre adolescente y si algo no me quedaba bien, era una costura. Tomé la lupa y mis ojos se maravillaron ante el viaje ofrecido por Calvino. La ciudad era diminuta pero tenía hasta circo. Recorrí con los ojos todos los callejones, me aprendí el nombre de sus acarameladas calles y hasta seguí a una hermosa mujer trigueña que caminaba entre adoquines sin notar mi mirada. Tuve sed y olvidé la premisa inicial. Me tomé un whisky doble y para cuando desperté estaba esposada en la misma sala. Los demás pasajeros se habían ido y sólo quedaba un reguero de platos rotos que ignoraba de donde había salido. Me adjudicaron el desastre y aunque intenté explicar que me había salido Olinda, entre medio oculta y medio escondida... se burlaron diciendo que Wonka ya no repartía tiquetes dorados y que ningún señor Calvino había descrito circos en sus libros.  

Claudia Restrepo Ruiz

miércoles, 1 de mayo de 2013

Una hora y catorce minutos


ESTETOGRAMA: 4:15 – 5:29
Por Gloria Eugenia Taborda





El reloj chilla todos los días de lunes a viernes a las 4:15 de la mañana, hora del conticinio, hora querompe con las más oníricas imágenes y despierta al silencio. Es día y es noche. Día por la hora, noche porque la oscuridad se hace más profunda, es madrugada cargada de ausencia. La ventana me habla de esta profundidad, me gusta asomarme a ella para ver las estrellas que aun pueblan la bóveda celeste. Por estos días siempre hay varias  estrellas que se asoman, y creo que me asomo a la ventana en el día a día para ver una estrella fugaz y pedirle un deseo. Todos los deseos son íntimos y por ello, secretos.

Todos los secretos se guardan. La estrella fugaz se ha guardado hasta ahora.
Mis pies entonces calzan el frío  de las sandalias y se dirigen a la lámpara que se enciende a un apretón de mis dedos, me gusta el color que en estas horas le da al ambiente, parece que no quedo contenta, enciendo la otra. Dos luces diferentes, pero dos luces que guardan intimidad para conmigo. La cama debe quedar sin las huellas de una noche de descanso, por eso, y antes de abrir la puerta, todo queda en completo orden. Desde la puerta evalúo la recién acabada tarea.
La puerta se ha abierto, chirria un poco (momento de ponerle aceite) y comienzo a descender con mis pasos, imitadores felinos, por aquellas escalas. Un día, no muy lejos del de hoy caí rodando por ellas. Y hoy y ayer y todos los días después de ese día, se repite la imagen de un cuerpo rodando, el mío, y luego, el dolor profundo en muchas partes del cuerpo. Tanto dolor, tanto dolor que un tris de morfina fue mi salvación. ¡Hice el viaje al zoológico rosado!
El calor se ha pegado a mi cuerpo, esa ducha de agua fría lo mitigará en contados segundos. Siempre me pregunto por qué tantos se arredran ante el agua fría, si cae por el cuerpo como un bálsamo luego de una noche de piyama y sábana. Cae en una pierna, en los brazos, en el pecho, la espalda, la cabeza. Refresca, quita el calor de este cuerpo cuyos calorcitos cósmicos se siguen aferrando a la piel, a la ropa.
Asciendo las escalas para llegarme de nuevo a la habitación, allí están ordenadamente puestas las ropas del día. ¿Para qué tanto orden?  Es el miedo a que el reloj corra más que yo y no llegue a las 5:29 para abordar el Metro, hoy atestado de viajeros que madrugan más que yo y toman felices (me supongo) el asiento que debería ser para mí.
Siempre me preparo un desayuno para más tarde. No piensen que a estas horas mi estómago recibe alimentos sólidos, agua sí, esas otras cosas con que nos alimentamos los que vivimos en esta ciudad (una arepa con queso), no. Vaya que me puede el escrúpulo, confío en mi cocina, en las viandas que guardo en la nevera, en las manos, las mías que preparan lo que deglutiré. Envuelvo cuidadosamente mi alimento matutino, como si fuera un regalo con papel de colores, mi sutil alimento, y lo guardo. Unas horas más tarde será presa en mi boca.
Mis ojos de nuevo se fijan en el reloj, son las 5:16 minutos, hora de salir, de darle vuelta a la llave y encontrarme con el silencio de los árboles, hora de transitar los caminos todavía encendidos por las lámparas de la noche, de escuchar de cuando en cuando el sonido de un reloj despertador que debe estar desperezando a un cuerpo que ha dormido unos minutos más que yo. Llevo el ritmo de mis pasos, siempre llevan igual kilometraje, todo calculado hasta que llego a la avenida Guayabal. Ya los carros, los buses y las motos pasan raudos aprovechando que a estas horas la censura del tránsito no está. Y un olor a aceite quemado por muchas frituras empieza a aporrearme la nariz: palitos de queso, empanadas, papas rellenas y muchas cosas más se fritan en esas grandes sartenes expuestas al polvo, al hollín de los carros y la grasa de la fábrica de jabones que sirve de punto de venta. Y los clientes son los obreros que se aprestan a tomar el turno de las 6:00.  Sus manos están ataviadas con un vaso de café y cualquiera de esas frituras. A pocos pasos me espera el Metro, pero antes de él, la gente que desciende a toda prisa, casi corriendo por esas escalas eternas y que a cualquier hora hacen doler las piernas cuando se suben o descienden. Me espera el puente, me espera la plataforma. Son las 5:29 y a lo lejos se ve el indicador naranja.

lunes, 29 de abril de 2013

Cisneros


Por Lina Henao

CISNEROS…

Ahí está erguido y orgulloso de su obra, la escultura de Francisco Javier Cisneros, el cubano responsable de la construcción del Ferrocarril de Antioquia, así mismo responsable del impulso de la economía antioqueña.

El Túnel de la Quiebra  es otra de sus grandes obras, ahora olvidado por los rugidos del ferrocarril es transitado por las motos adaptadas como coches para transportar a los habitantes de un lado a otro.  Cuenta la historia que dos cuadrillas de hombres iniciaron al mismo tiempo la excavación del túnel en cada uno de los extremos hasta encontrarse en la mitad del mismo y fue tal la precisión de Cisneros y sus hombres que solo erraron por un par de centímetros. ¡Cómo no caminar erguido ante tanta precisión! ¡Cómo no sentirse orgulloso cuando superó el agreste territorio antioqueño para hacer llegar el desarrollo a los sitios más lejanos de nuestras tierras!

Y luego, de ser el ferrocarril el eje de la economía, quien traía y llevaba a los viajeros y transeúntes hasta el río Magdalena, simplemente enmudeció. Y las estaciones una a una fueron cayendo en el abandono.

De la estación Medellín solo queda un pedazo de lo que fue, de su magnitud, de su grandeza… ahora solo hay un par de alas y el abordaje de primera clase. Sin embargo las cicatrices también están a la vista de todos, pero ya hacen parte del paisaje.

Francisco Antonio Cisneros ahora está ahí dando la espalda a lo que fue su gran orgullo, como si estuviera marchándose de aquel lugar que dejó en el olvido su gran obra de ingeniería, la gran obra del desarrollo antioqueño
Ahí está erguido y orgulloso de su obra, la escultura de Francisco Javier Cisneros, el cubano responsable de la construcción del Ferrocarril de Antioquia, así mismo responsable del impulso de la economía antioqueña.






LA DANZA DEL VIENTO



 Por: Lina Henao

Son pocos los árboles que habitan en el parque San Antonio, las esculturas de El Pájaro (el que recuerda la cruda violencia de la ciudad y el nuevo), Venus y el Torso Masculino de Fernando Botero miran hacia el centro, un espacio lleno de adoquines donde hay pintada una improvisada cancha de microfútbol.

Allí el viento siempre está, a veces con fuerza, en otras ocasiones se hace imperceptible.

“Ana, Lucía y Juan” transitan por San Antonio, sienten el viento, su frescura y no pueden dejar de bailar con él.

“Ana” inicia una danza, la sigue “Juan” abriendo sus brazos como si desplegara las alas, mientras “Lucía” la más pequeña se agarra de su padre para evitar que el viento la eleve.



Una fotico... riqueza en la Comuna 10





Riqueza en la comuna 10: Diversidad
Por: Lina Patricia Henao

-            ¡Tómeme una foto!.  Esa fue la manera de acercarse. Quería un poco de reconocimiento y ver reflejado su rostro en la cámara fotográfica. En el afán de conocerlo pregunté su nombre y me contestó:  - Machete, me dicen machete.
En medio de la fotografía seguí interrogando, su apodo obedece a que le gusta “voliar machete” como el mismo lo dijo.
Vive en Guayaquil, en una de las tantas residencias que se encuentran en el sector, en las mismas donde los olores se confunden hasta tornarse hediondos, donde el ambiente se siente pesado y los corredores carecen de luz. Sus manos conservaban este olor que terminaron por impregnar las mías al intentar coger la cámara para ver su foto.
Su cuerpo está lleno de cicatrices, quizá menos de las que tiene en su vida porque hay heridas que no son perceptibles a los ojos de otros, éstas están muy adentro en el alma de cada quien. La cicatriz más evidente de Machete está en su cabeza, probablemente originada en una de las peleas que le gusta protagonizar.
Tenía afán de ver su rostro reflejado en la cámara y empezó a acosar, así que las inquietudes que me surgieron en el momento tuvieron que esperar y darle gusto al único transeúnte que se atrevió a acercarse para que le tomara una fotico…



La alegría de la comparsa














  
  Por Lina Henao

El sonido de los tambores invita a danzar. Ese llamado lo sentí la primera vez que pude hacer parte de la comparsa. Una fuerza interior se hizo presente y el movimiento surgió en mi cuerpo como si hubiese estado dormido. Volví a ser niña, un sentimiento que no quiero volver a abandonar.

La alegría, las risas y el movimiento sin una técnica establecida son parte de la comparsa. Sus integrantes solo deben seguir dos condiciones: sentir y mover su cuerpo.

Las calles, los barrios y toda la ciudad son el escenario. No se requiere de mucha infraestructura, la idea es tomarse los espacios, avanzar y llevar alegría a los curiosos que no se atreven a desinhibir sus emociones.

La comparsa me dio la oportunidad de ser yo, sin máscaras, sin ataduras, sin composturas, divertirme y brindar alegría a quienes están conmigo. En el performance quise compartir un poco de mi sentir con los que ahora hacen parte de una nueva aventura en mi vida, ustedes, mis compañeros de maestría!






domingo, 14 de abril de 2013

Estetograma Analida López


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Hora de levantarse. Análida refunfuña. Odia ese momento de choque con su naturaleza dormilona. Años atrás sostenía fuertes batallas internas para vencerla. Permanecía allí entre sus cobijas y terribles sentimientos de culpa. Pero de un tiempo para acá ha empezado a reconciliarse con su ser un poco indisciplinado, dado al ocio, a la contemplación y a la lentitud.

El sonido de los pájaros es su mejor despertador. Afuera, el día promete ser algo frió. Quizá llueva y no tiene sombrilla, la extravió de nuevo, siempre sucede.

Sus pies sobre el pequeño tapete para atenuar la frialdad del piso. Es un engaño, una ilusión pretender prolongar la sensación de tibieza y de cobijo. Se levanta por fin. La idea de un café caliente la anima. Baja despacio las escaleras, roza con placer la madera. Le agrada su textura, su color. Desciende despacio, lo hace con cuidado, en parte porque teme perder el equilibrio.

Su cuerpo ya no le responde como antes, teme que la traicione. En su trayecto, toca la pared suavemente, más que buscar apoyo, busca el contacto con esa superficie que la atrae. Es rugosa, pero amable, invita a acariciar.

Enciende la radio. 90.90. La doble W hace parte de sus mañanas desde hace mucho tiempo. Esas  “voces con piel” se han convertido en una grata compañía. Pero, el café la espera. Su aroma, desde el momento de destapar el tarro, la reconforta. Verlo hervir, observar el vapor le  produce un profundo placer. Es un rito, su rito sagrado. Tomar un café en las mañanas, saborearlo mientras siente el frió en su piel, en su rostro en sus brazos, mientras observa las nubes que anuncian lluvias, mientras repasa el recorrido del día que la espera. Allá un pajarito se posa sobre uno de los muros vecinos. Parece mirarla.

El tiempo transcurre. De nuevo es necesario un acto de voluntad supremo para interrumpir la contemplación. Los deberes, la vida real, la llaman a gritos.

En el baño otra batalla se libra. Hace frío y aunque el agua es tibia, al inicio, no le parece lo suficiente. De inmediato cambia la sensación, es agradable sentirla bajar por su cara. El agua, ese elemento vital originario, partícula primigenia de todo ser vivo. Componente de la naturaleza, testigo y partícipe del devenir vida humana. También ella es su amiga. En esos momentos en que ambas están solas en ese otro ritual que es el baño diario, suele conversar y agradecerle estar allí para ella, tan incondicional, tan generosa, tan límpida y sencilla.

(Pendiente: subir video)